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LA ESTRUCTURA DE LA NARRACIÓN HISTÓRICA.

Extracto del libro de Miguel-Anxo Murado, La invención del pasado. Verdad y ficción en la historia de España. Madrid, Debate, 2013. pp. 72-74. 

En la década de 1920, el lingüista ruso Vladimir Propp hizo un descubrimiento en apariencia menor, pero muy fértil en consecuencia. Analizando colecciones de relatos folclóricos, Propp se dio cuenta algo sorprendente. Todos ellos, sin excepción, y en todas las culturas del mundo, compartían los mismos elementos y la misma estructura, Muchos estudiosos eran ya conscientes de que los cuentos se parecían mucho entre sí, pero hasta entonces esto se había atribuido a la influencia de unos en otros por medio de una especie de "contagio" cultural. Esta es todavía la idea más extendida entre el público lego. Pero Propp demostró que no era así. Lo que explicaba que los cuentos compartiesen los mismos asuntos era otra cosa: sus historias estaban construidas a partir de una serie de piezas  fijas y universales. Propp llegó a calcular el número exacto de piezas que componían todos los cuentos. A esas piezas las llamó "funciones" y comprobó que eran exactamente treinta y una, ni una más ni una menos. Esto ya es en sí bastante llamativo, pero más sorprendente aún era que esas piezas se combinaban siempre en el mismo orden y siguiendo unas mismas reglas sencillas. Propp pudo incluso desarrollar una especie de álgebra que permite reducir a ecuaciones las estructuras de todos los cuentos.

Con el tiempo, muchos acabaron viendo que los fundamentos teóricos del método de Propp iban mucho más allá. La única explicación posible para el fenómeno que había descubierto era que la manera en que organizamos un relato y lo contamos está regida reglas universales. Es decir que, más allá de modas o gustos personales, nuestra mente tiende, de manera instintiva a organizar los relatos de manera determinada, con lo que la realidad que queremos contar se transforma por obra de la forma que le damos. Los cuentos folclóricos no son más que una de las muchas variedades en las que se expresa el deseo humano de narrar historias, por lo que cabría pensar que los principios serán los mismos para cualquier otra narrativa, la historia incluida.

Lo cierto es que, sin ser algo tan estricto y computable como en los cuentos fantásticos, todo relato histórico tiende también a ajustarse a un esquema predeterminado que lo condiciona, a veces hasta el extremo de deformarlo. Esto, en el fondo, no debería sorprendernos. El relato fantástico que estudió Propp no es sino la forma más simple del género de la narración, del que la historia no es sino una variante. Y en algunos casos, ni siquiera es una variante. Ya hemos visto cómo al menos una parte de lo que entendemos como historia "seria" no son sino cuentos fantásticos como los que Propp estudia-ba. Las peripecias de Pelayo y Abderramán, por ejemplo, pueden reducirse sin más al álgebra de Propp. Serían así, respectivamente:



Por supuesto, este es un caso extremo; pero nos sirve para asomarnos al armazón en el que se sostiene el discurso histórico que, siendo mucho más complejo, no es, en esencia, muy diferente. Efectivamente, incluso cuando su materia prima no tiene procedencia literaria, la narrativa histórica adopta fórmulas de "contar historias" tomadas de la literatura; presentación y caracterización de personajes, progresión dramática, puntos de giro de la trama, curva de interés, climas, resolución, narraciones en paralelo, subtramas, etc. Todo el utillaje del guionista de televisión o del novelista de aventuras se encuentra sobre la mesa de trabajo del historiador. La historia, lo mismo que la literatura, hace verosímil el material que utiliza porque emplea recursos para hacerlo verosímil. 

Esto es algo que todos los historiadores saben, consciente o inconscientemente. Cuando transforman sus investigaciones en un relato para su publicación, el resultado es "otra cosa". Muchos, también consciente o inconscientemente, rehúyen la publicación precisamente por ese motivo o se refugian en un lenguaje exageradamente científico y frío, en un esfuerzo por distanciarse del de la literatura. Generalmente, solo  consiguen ser áridos, porque no hay escapatoria: relatar es transformar en relato. Nosotros mismos, como individuos, reescribimos constantemente nuestras memorias porque en el momento en que ocurrieron los sucesos no sabíamos qué iba a suceder después. Pero al conocer la consecuencia y buscar hacia atrás la causa, modificamos el recuerdo sin querer. En la vida real no experimentamos un flujo de tiempo sino solamente una sucesión de situaciones y acontecimientos, y de manera intuitiva les atribuimos un orden que no es nunca el de la realidad. De ahí que nuestras memorias no coincidan nunca exactamente con las de los demás y debamos reajustarlas constantemente para que tengan sentido. La historia puede considerarse una forma erudita de esa actividad diaria. 



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