LA REPRESIÓN DE LAS MUJERES EN LA DICTADURA FRANQUISTA

Las mujeres comprometidas con las opciones republicanas y de izquierdas, muchas de ellas jóvenes que se habían iniciado en el mundo de la política de la mano de la Segunda República, fueron maltratadas y encarceladas. También recibieron castigo otras muchas mujeres por el único delito de ser esposas, madres, abuelas o hijas de hombres perseguidos por los sublevados.
Sobre las "rojas", las mujeres que participaron activamente en la defensa de la Segunda República o en las luchas sociales de su tiempo, circularon en el bando sublevado una serie de mitos satanizadores que explican el odio que alimentó la represión subsiguiente.
Aparte de las violaciones, pelados y purgas con aceite de ricino, frecuentes en el mundo rural durante la guerra, el Nuevo Estado no dudó en condenar a muerte y fusilar a decenas de mujeres: entre 1939 y 1943, sólo en las tapias del cementerio madrileño del Este fueron ejecutadas cerca de noventa. Entre ellas figuraron las Trece Rosas, en su mayoría militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas, de inspiración comunista.
Los medios de información de la época no daban cuenta de los fusilamientos de mujeres, pero si difundían el discurso misógino y satanizador de la "roja". Según este discurso, la "roja", en tanto mujer emancipada que había osado transgredir el rígido sistema de roles de género, se oponía a la "mujer cristiana", cuya única misión en las tareas de la Patria comenzaba y terminaba en el hogar, en el cuidado del marido y de los hijos.

La primera prisión de mujeres de los rebeldes fue el antiguo fuerte de Victoria Grande, en Melilla. Allí estuvo encerrada la escritora Carlota O´Neill, que reflejo su experiencia en su libro Una mujer en la guerra de España. 
A Melilla le siguieron otras muchas prisiones: Zamora -en 1936 fue ejecutada Amparo Barayón, compañera de Ramón J. Sender-, Málaga -con más de cuatrocientos ingresos en 1937-, Les Corts, en Barcelona -con 1.800 reclusas y más de cuarenta niños en agosto de 1939-, Saturrarán, en Guipúzcoa, con cerca de 1.600 presas a principios de 1940, constituyen algunos ejemplos.

En los primeros años de la posguerra, la cárcel madrileña de Ventas se convirtió en la prisión de mujeres más poblada de la historia de España. Testimonios hablan de una población de más de cinco mil presas en 1939, con ocho o nueve mujeres durmiendo cada noche en celdas concebidas para una o dos personas.
El nuevo régimen quiso castigar así a las defensoras del Madrid Heroico, la capital que había soportado más de tres años de asedio como frente de combate. De ahí que fueran tan numerosos los ingresos de mujeres no ya pertenecientes a organizaciones políticas o sindicales, sino de enfermeras operarias de talleres de ropa para el frente, guarderías y comedores populares: trabajadoras, en fin, de la retaguardia republicana. 
En enero de 1949, las presas políticas del penal de Segovia y una parte de las comunes declaró una huelga de hambre de cuatro días en protesta por el castigo de una de sus compañeras. Las represalias se prolongaron durante meses (el episodio quedó grabado para siempre en la memoria de las resistentes antifranquistas y sus familiares como un desafío frontal a la dictadura). 
EL RENCOR DE LAS MUJERES FEAS de José Vicente Puente
 (Arriba, 16 de mayo de 1939)
"Con la noticia de tanto martirio, Madrid, como todo lo que fue la España "roja" -negación de la patria-, nos ha mostrado una fauna que llevábamos entre nosotros, rozándonos diariamente con ella, y sin que su pestilencia trascendiese por encima de nuestra ignorancia respecto a su maldad.
Una las mayores torturas del Madrid caliente y borracho del principio fue la miliciana de mono abierto, de las melenas lacias, la voz agria y el fusil dispuesto a segar vidas por el malsano capricho de saciar su sadismo. En el gesto desgarrado, primitivo y salvaje de la miliciana sucia y desgreñada había algo de atavismo mental y educativo. Quizá nunca habían subido a casas con alfombras ni se habían montado en un siete plazas. Odiaban a los que ellas llamaban señoritas. Les aburría la vida de las señoritas. Preferían bocadillos de sardinas y pimientos a chocolate con bizcochos (..)
Eran feas, bajas, patizambas, sin el gran tesoro de una vida interior, sin el refugio de la religión, se les apagó de repente la feminidad. El 18 de julio se encendió en ellas un deseo de venganza, y al lado del olor a cebolla y fogón del salvaje asesino quisieron calmar su ira en el destrozo de las que eran hermosas"
Si los hombres presos fueron explotados a través del sistema de redención de penas por el trabajo, las mujeres presas, siguiendo una tradición secular, jamás pudieron redimir su pena  trabajando fuera de la cárcel.

En las prisiones de mujeres se crearon pocos talleres y en fechas tardías. Pero el trabajo más extendido no fue el oficial con posibilidad de redención, sino el trabajo de costura privado. Consentido por las autoridades de la prisión, constituía un medio fundamental de supervivencia para las propias presas y sus familiares. A través de sus contactos en el exterior, las reclusas vendían sus labores de costura consiguiendo así unos ingresos vitales para mantener a sus hijos y a sus familiares. Y en ocasiones incluso a sus maridos, si se daba el caso frecuente de que también estuvieran encarcelados y no pudieran realizar trabajo remunerado de redención.
El régimen franquista no prohibió oficialmente el ejercicio de la prostitución hasta 1956, pero persiguió a las prostitutas clandestinas o callejeras, que carecían de la correspondiente cédula sanitaria. Desde principios de la década de los cuarenta se registraron ingresos masivos de prostitutas ilegales en las principales prisiones urbanas: Madrid, Valencia y Barcelona. 
En 1941 prosperó una singular iniciativa de Pilar Primo de Rivera: la creación de las llamadas "prisiones especiales de prostitutas", como las del Puig (Valencia), Aranjuez (Madrid), Girona, Tarragona, Santander o Calzada de Oropesa (Toledo). Las Adoratrices y Oblatas del Santísimo Redentor fueron las órdenes religiosas femeninas que más presencia tuvieron en este tipo de centros, especializados como estaban en la labor de "reforma y regeneración de la mujer caída". 
Los niños y sus madres presas fueron los principales perjudicados de las condiciones de hacinamiento de las cárceles femeninas de los primeros años de posguerra. 

A partir de marzo de 1940, de decretó la salida de las prisiones de los niños mayores de tres años. En caso de que sus familiares no pudieran hacerse cargo de ellos, eran ingresados en escuelas religiosas dependientes del Patronato de Protección de Hijos de Penados y educados en valores opuestos a los de sus progenitores. Entre 1944 y 1945 el Patronato se hizo cargo del ingreso de más de treinta mil niños.
En ocasiones, algunos de estos niños llegar a perder todo vínculo con sus familiares y su ambiente original: hijos de fusilados, de desaparecidos en la guerra o exiliados, que fueron reinscritos en el registro civil con otros nombres y que fueron adoptados por familias cercanas al régimen que les ocultaron su pasado. 
Para completar.
- Blog Todos los nombres. 
- Los niños rojos: Los niños republicanos robados por el franquismo. 
- Sánchez, Pura, Individuas de dudosa moral. La represión de las mujeres en Andalucía (1936-1939). Ed. Crítica.
- Benjamín Prado, Mala gente que camina. Ed. Alfaguara. 

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